sábado, 12 de agosto de 2017

La Iglesia, nuestro hogar

Mucha gente con la que nos escribimos, hablamos, amigos y conocidos, nos dicen que se sienten desilucionados respecto al cristianimos. Para ellos, nosotros creemos por medio de la Iglesia Católica usted puede renovar su relación con Jesucristo.

Al principio la gente se sorprende cuando le contamos como experimentamos el poder y la gloria de Jeuscristo en nuestra vida. Nos preguntan "¿De verdad son católicos?", claro que sí, les respondemos que no somos católicos romanos, sino católicos ortodoxos, anglocatólicos, católicos nacionales, católicos del Este... somos católicos porque nuestra fe es la fe universal, porque tenemos los sacramentos lícitos y válidos, porque tenemos ministros ordenados con sucesión apostólica, porque la Biblia es nuestra Regla de Fe y nos unen los Siete Concilios Universales. Somos católicos. Somos cristianos.

La decisión de sumarse una Iglesia Ortodoxa como es el caso de la Iglesia Episcopal Anglicana de Chile,
es para nosotros un paso fundamental. Implica terminar con otras formas de adoración y prácticas, implica renunciar al pasado, a separarnos de comunidades religiosas que no consideramos sanas, que nos han dañado o simplemente, que descubrimos, no son cristianas. Pero para eso está la Iglesia, está el compañerismo cristiano. Está el abrazo del hermano que pasó por lo mismo que nosotros.

Nosotros creemos que debemos tranmitir las Buenas Nuevas del Reino. Vivimos en este mundo, pero no somos de él. Por eso, hacemos de nuestra vida, de cada una de nuestras acciones una oración a Dios, por nosotros, por nuestras familias, por nuestros amigos y por todas las personas, para que conozcan a Jesucristo.

Lo invitamos a que se sume a todos aquellos que encontramos en Dios a un Padre amoroso. No lo dude: ¡Dios lo ama! Lo ama tanto que las mismas manos que hicieron el mundo, las mismas manos que formaron al hombre... esas mismas manos fueron atravesadas por los clavos en la cruz... nos ama tanto que murió por nosotros, por todos nosotros y pagó por todos y cada uno de nuestros pecados.

Entregue su vida al Señor Jesús y descubra lo que es ser un cristiano.

sábado, 5 de agosto de 2017

El Cristo Pantocrator

Cristo Pantocrátor


La imagen de Cristo Pantocrátor es realmente la figura de Jesús más difundida y conocida; expresa la Epifanía del Dios trascendente que ha tomado forma humana. Es la imagen del Señor del Universo, del Omnipotente.
La Patrística, fundándose en los datos del Antiguo y del Nuevo Testamento y utilizando algunas nociones y expresiones de la filosofía helenística, estableció el concepto de Pantocrátor viendo en este epíteto divino cuatro elementos conceptuales: Omnipotencia, Omniconservación, Omnicomprensión y Omnipresencia. En otras palabras Dios es Pantocrátor porque domina todo lo creado, lo conserva todo en el ser, abrazándolo y conteniéndolo todo en sí y por consiguiente, penetrándolo y llenándolo todo de sí a través de su Omnipotencia. Además de esto, la Patrística tiene el mérito de haber ampliado el sujeto de atribución consciente y justificada al Hijo como Logos solamente, y al Hijo como Logos encarnados.
En la iconografía, el Cristo Pantocrátor es uno de los temas mas repetidos y significativos, especialmente si se incluyen todas sus formas diversas: desde los grandes mosaicos y frescos, en los cuales el Pantocrátor domina en las cúpulas y en los ábsides de las Iglesias, hasta los marfiles y las monedas, en los cuales se encuentra la misma imagen sustancialmente idéntica a la de los iconos (o pintura de caballete), a la cual nos limitamos. Hay elementos permanentes, como el cabello en casco, la barba, la diestra bendiciendo, mientras que otros pueden variar parcialmente: el libro de las Escrituras sostenido en la mano izquierda puede estar abierto o cerrado, la expresión severa o mas benigna del rostro, el nimbo alrededor de la cabeza diferente, el brazo derecho está a veces mas envuelto y sostenido por la toga, la misma inscripción del Pantocrátor no se encuentra en la mayoría de los ejemplares, especialmente antiguos. Sin embargo se lo reconoce al punto. También en un álbum divulgativo se indicaba: “En la hierática Bizancio el tipo (de Cristo) se fijará de una vez por todas, desafiando a los siglos. Los Pantocrátor del siglo XVI que se ven en el monte Athos parecen hermanos y contemporáneos de los que Justiniano y Teodora hacían representar en mosaico en Santa Sofía o en Ravena”.



Los vestidos
En la tipología del Pantocrátor, Cristo tiene una túnica púrpura listada por una faja vertical de oro y está ceñido por un manto azul.
La púrpura y el oro, como es sabido, estaban reservados en la antigüedad al rey; por lo cual, en este caso, se pone de manifiesto la realeza divina de Cristo. No obstante, tras esta simbología de los colores, se oculta otro significado más importante: el misterio de la Encarnación.
La faja se inspira en la imagen del Apocalipsis: “Al volverme, vi siete candeleros de oro, y en medio de los candeleros a un Hijo de Hombre, vestido de una túnica de talar, ceñido al talle con un ceñidor de oro”. Ap. 1-13
El color azul del manto simboliza la naturaleza humana del Señor, como también es símbolo de misericordia, del amor de Dios hacia los hombres. “Clemente y compasivo es Yahveh, tardo a la cólera y lleno de amor. Como se alzan los cielos por encima de la tierra, así de grande es su amor para los que le temen”. Sal. 102-8, 11
¡Alma mía, bendice a Yahveh!
¡Dios mío que grande eres!
Vestido de esplendor y majestad, arropado de luz como de un manto.
Sal. 103-1, 2

 El rostro
El rostro del Pantocrátor casi siempre es severo, pero también se lo ha representado con una mirada de bondad que acaricia el alma.
“Pues el mismo Dios que dijo de las tinieblas brille la luz, ha hecho brillar la luz de nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la Faz de Cristo”. 2 Cor. 4-6
“Le dice Felipe: Señor muéstranos al Padre y nos basta.
Le dice Jesús: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe?
El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.
Creedme: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí”.
Jn. 14-8, Por lo tanto, Cristo, al encarnarse se ha convertido en el icono de Dios Padre en el Espíritu Santo.
“Mas todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa imagen cada vez más gloriosos: así es como actúa el Señor, que es Espíritu”. 2 Cor. 3-18

El nimbo
En esta aureola, que simbólicamente sirve para resaltar la importancia y excelencia del personaje, se perfilan los contornos de una cruz. Dentro de esos contornos se han inscrito las tres letras griegas “ómicron, omega y ny” que significa: El que es, es decir el equivalente al nombre sagrado de Dios, cuya persona nos ha sido revelada, pero cuya esencia permanece inaccesible.
En efecto cuando Moisés pidió al Señor:
“Si yo voy a los israelitas y les digo:
“El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros”
Cuando me pregunten: ¿cuál es su nombre? ¿qué les responderé?
Dijo Dios a Moisés: “Yo soy el que soy” y añadió: así dirás a los israelitas:
“Yo soy” me ha enviado a vosotros”.
Siguió Dios diciendo a Moisés: “Así dirás a los israelitas: Yahveh, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Este es mi nombre para siempre, por él seré invocado de generación en generación”. Ex. 3-13, 15


La mano que bendice
Este gesto, ostensible mediante la posición de los dedos, además de su significado obvio quiere subrayar un doble misterio.
Los tres dedos abiertos quieren recordar las Tres Personas de la Santísima Trinidad mientras que los otros dos, a las dos naturalezas de Jesucristo. Toda bendición procede de Dios Trino por medio de Cristo hecho hombre. A veces los dedos esbozan el monograma de Cristo: el meñique la I, el anular la C, el medio y el pulgar cruzados la X y el índice la segunda C (ICXC abreviatura griega que significa Jesucristo).

El libro
“Toda revelación será para nosotros como palabras de un libro sellado”. Is. 29-11
Cristo al encarnarse, ha venido a traernos la buena noticia, el cumplimiento de la Ley y los Profetas.
Cristo mismo es “el camino, la verdad y la vida”, pero nosotros tenemos necesidad de una concreción simbólica de su mensaje, confiado a los apóstoles.
¿Qué figura mejor que el libro abierto puede expresar esta imagen?
El Creador de todas las cosas, al encarnarse, ha compuesto un libro nuevo, salido del corazón del Padre, para ser escrito con la pluma del Espíritu en la lengua de Dios.
En el libro abierto se percibe con claridad un breve pasaje del Evangelio por ejemplo: “Venid a mi todos los que estáis fatigados y sobrecargados y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y hallareis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”. O bien “Yo soy la luz del mundo” o “Aquel que me siga no anda en tinieblas sino en la luz”, etc.

Son menos frecuentes las representaciones del Pantocrátor con el libro cerrado, así como también existen versiones simplificadas de la imagen habitual de medio cuerpo al presentar tan solo un busto, ausentes las manos y partes del tronco, pero que pone el acento en la mirada de Cristo: con la frente despejada que traduce una inteligencia viva, los cabellos que caen sobre la nuca y los arcos de las cejas que refuerzan la expresión de los ojos; las orejas pequeñas pero visibles nos hablan de una actitud de atenta escucha. Su mirada majestuosa y profunda, se posa inevitablemente en quien le observa y le reza.

domingo, 30 de julio de 2017

El ecumenismo

El ecumenismo



¿Qué es ser cristiano? Ser cristiano es creer en Jesucristo, en su vida sin pecado sobre la tierra y en su obra expiatoria en la cruz, Esto parece una definición muy sencilla y si así es, millones de personas están en todo derecho a llamarse cristianos, incluso, algunos que creen que Jesucristo no es Dios, sino un profeta o iluminado más que llegó a la tierra.

Creer en la vida de Jesucristo implica conocer y saber que él fue verdadero hombre y también verdadero Dios. Fue verdadero hombre porque el comió, bebió, se cansó, lloró, sufrio, padeció como todos nosotros que somos hombres de carne y hueso. Él es verdadero Dios porque es el creador del universo, es el Jehová del Antiguo Testamento que se apreció a Moisés en la zarza ardiente, es el Dios verdadero, es la Luz del mundo que las tinieblas rechazaron. Cristo es verdadero Dios porque recibió adoración de los hombres y de los ángeles, y porque el Padre ordenó a los ángeles que le adoraran.

Pero considerarlo verdadero Dios no resume que es ser cristiano. Cristo dice “si me amáis guardad mis mandamientos” (Juan 14: 15). No dice que guardemos sólo algunos mandamientos, ni tampoco que guardemos los que más nos gustan o convienen, sino todos los mandamientos, esas diez sencillas reglas que dió a Moisés y de los cuales toda la Biblia es una ampliación. Esa Ley es la que cumplimos, no para ser salvos, sino porque somos salvos en Cristo Jesús, quien nos compró a precio de su propia sangre (Hechos 20: 28).

Pertenecer a la Iglesia que Cristo compró con su sangre es lo que nos hace, verdaderamente cristianos. La pregunta sería entonces ¿Cuál es la Iglesia? Si usted se fija en wikipedia o cualesquier diccionario encontrará millanes de iglesias que se dicen cristianas y que están peleadas entre sí. Otras denominaciones realizan acuerdos ecuménicos y dejan de lado principios doctrinales que son antagónicos. Muchas veces, detrás de ese ecumenismo se esconde otra realidad: el deseo de ciertos líderes religiosos de absorver más fieles, vemos que muchas de esas Iglesias terminan vegetando a una muerte lenga, larga y dolorosa, llegando finalmente a deshacerse y los fieles, confundidos y escandalizados, quedan perdidos y sin esperanza.

La Iglesia de Cristo, la Iglesia verdadera es aquella que él mismo fundó. Es el pueblo de Dios que “guarda los mandamientos de Dios y tiene la fe de Jesús” (Apocalipsis 14: 12). Ella es Santa porque santo es su fundador, Jesucristo, Santo es su mensaje y todos fueron lavados en la Sangre del Cordero. Ella no pacta con quienes no creen lo mismo, ella mantiene la doctrina ortodoxa, es decir, la doctrina correcta que Jesucristo nos transmitió y que sus apóstoles pasaron de generación en generación (tradición).

Ella fue perseguida, porque Jesucristo lo profetizó de esa manera (Juan 15: 18-21). Ella no busca “reconciliarse con el mundo”, de hecho, ella no tiene nada que ver con el mundo. El mundo odia a la Iglesia, y el Demonio, Príncipe de este mundo intenta destruirla por medio de persecuciones o de infiltraciones. La persigue como el Imperio Romano persiguió a los primeros cristianos, arrojándolos a los leones, torturándolos, prendiéndoles fuego... pero eso no hizo menguar a la Iglesia, sino que la fortaleció, porque la sangre de los mártires era semilla. Dónde un cristiano caía muerto, cientos más se bautizaban por el testimonio de Jesucristo,

El Demonio, rápidamente aprendió otra técnica: la infiltración, que San Pablo advirtió cuando dijo que ya estaba en acción (2 Tesalonicenses 2: 7), y luego amplió la advertencia:

También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios” (2 Timoteo 3: 1-4).

Por lo tanto, hermanos, cuando nos llamamos cristianos debemos estar muy precavidos a las trampas que el Demonio coloca delante de nosotros. Siempre es más sencillo imaginar que esas trampas irán hacia nuestros placeres sensibles (el dinero, el sexo, el poder...) pero el demonio sabe como trabajar contra los Hijos de la Luz, él sabe a quienes puede derrotar con eso, de manera que intentará perder almas por medio de otra estrategia, una estrategia que, como vimos, a lo largo de dos mil años le sirvió de mucho, y que desde la segunda mitad del siglo XX ha funcionado mucho mejor: la infiltración, el falso amor, el ecumenismo apóstata, el ecumenismo que nos hace renunciar a nuestra fe, a los pilares de nuestra fe, a negar a Cristo.


sábado, 29 de julio de 2017

El Milenio

El Milenio, según Monseñor Straubinger



1.Y vi un ángel que descendía del cielo y tenía en su mano la llave del abismo y una gran cadena.
1. Para apoderarse del drag6n (v. 2) el ángel desciende del cielo a la tierra, pues antes Satanás babia sido precipitado a ella (12, 9·12). Este ángel parecería ser el Arcángel S. Miguel, que es el vencedor de Satanás (d. 12, 7 y nota), y a quien la liturgia de su fiesta considera como el ángel mencionado en 1, 1 (d. Epístola del 8 de mayo y 29 de septiembre). León XIII lo expresa así en su Exorcismo contra Satanás y los ángeles rebeldes al citar este pasaje cuando pide a San Miguel que sujete "al dragón aquella antigua serpiente que es el diablo y Satanás" para precipitarlo encadenado a los abismos de modo que no pueda seducir más a las naciones. El mismo Pontífice prescribió la oración después de la misa en que se hace igual pedido a Miguel, "Príncipe de la milicia celestial" para que reduzca a "Satanás y los otros espíritus malignos que vagan por el mundo'. Véase 1 Pedro S, 8, que se recita en el Oficio de Completas. CL II Cor 2, 11: Ef. 6, 12.

2.Y se apoderó del dragón, la serpiente antigua, que es el Diablo y Satanás, y lo encadenó por mil años,
2. "Aquí, dice Gelin, el ángel malo por excelencia sufre un castigo previo a !u punición definitiva (20, 10). Se trata de una neutralización de su poder, que refuerza la que le había sido impuesta en 12, 9". Por mil años: los vv. 3, 4, S, 6 y 7 repiten esta cifra. Según S. Pedro, ella correspondería a un día del Señor (11 Pedro 3, 8: S. 89,4). S. Pablo (I Coro 15, 25) dice: "hasta que :tI ponga a sus enemigos por escabel de sus pies", como lo vemos en las vv. 7-10.

3.y lo arrojó al abismo que cerró y sobre el cual puso sello para que no sedujese más a las naciones, hasta que se hubiesen cumplido los mil años, después de lo cual ha de ser soltado por un poco de tiempo.
3. Al Abismo: véase v. 9: 19, 21 Y nota. Cf. 11 Pedro 2, 4: judas 6. Para que no sedujese: cf. v. 1 '1 nota. Ha de ser soltado: cí. v. 7 ss.

4.Y vi tronos; y sentaronse en ellos, y les fué dado juzgar, y (vi) a las almas de los que habían sido degollados a causa del testimonio de Jesús y a causa de la Palabra de Dios, y a los que no habían adorado a la bestia ni a su estatua, ni habían aceptado la marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años.
4. Martini opina que "el orden de estas palabra parece que debe ser éste: ‘ Vi tronos, las almas de los que fueron degollados, etc. y se sentaron  y vieron, y reinaron, etc'. cf. 3, 21 y nota. Otros piensan que esos tronos serán sólo doce (Mat. 19, 28), reservados a aquellos que se sentaron, pues a esos  otros resucitados no se dice que se sentaron aunque sí que reinaron por no haber adorado como todos al Anticristo (cap. 13), que fué destruí do en el capítulo anterior (:9, 20), y serán reyes, sacerdotes (v. 6: 1, 6: 5, 10). Véase 1 Cor 6, 2-3, donde S. Pablo enseña que los santos con Cristo juzgarán al mundo y a los ángel es. Cf. Sab. 3, 8: Dan. 7, 22: Mat. 19, 22; Luc. 22, 30; 1 Coro 15, 23: 1 Tes 4, 13 n.; Judas 14 y notas.

5.Los restantes de los muertos no tornaron a vivir hasta que se cumplieron los mil años. Esta es la primera resurrección.
5. La primera resurrección” He aquí uno de los pasajes más diversamente comentado de la Sagrada Escritura. En general se toma esta expresión en sentido alegórico: la vida en estado de gracia, la resurrección espiritual del alma en el Bautismo, la gracia de la conversión, la entrada del alma en la gloria eterna, la renovación del espíritu cristiano por grandes santos fundadores de Órdenes religiosas (S. Francisco de Asís, Santo Domingo, etc.), o algo semejante. Bail, autor de la voluminosa Summa Conciliorum, lleva a tal punto su libertad de alegorizar las Escrituras, que opta por llamar primera resurrección la de los réprobos porque éstos, dice, no tendrán más resurrección que la corporal, ya que no resucitarían para la gloria. Según esto, el v. 6 alabaría a los réprobos, pues llama bienaventurado y santo al que alcanza la primera resurrección. La Pontificia Comisión Bíblica ha condenado en su decreto del 20-VIII-1941 los abusos del alegorismo, recordando una vez más la llamada "regla de oro", según la cual de la interpretación alegórica no se pueden sacar argumentos. Sin embargo, hay que reconocer aquí el estilo apocalíptico: En 1 Cor. 15, 23, donde S. Pablo trata del orden en la resurección, hemos visto que algunos Padres interpretan literalmente este texto como de una verdadera resurrección primera, fuera de aquella a que se refiere San Mateo en 27, 52 s. (resurrección de santos en la muerte de Jesús) y que también un exegeta tan cauteloso como Cornelio a Lápide la sostiene. Cf. 1Tes. 4, 16;. 1 Cor. 6, 2-3: 2 Tim. 2, 6 ss. y Filip. 3, 11, donde San Pablo usa la palabra "exanástasis" 'y añade "ten ek nekróon" o sea literalmente, la ex-resurrección, la que es de entre los muertos. Parece pues, probable que San Juan piense aquí en un privilegio otorgado a los Santos (sin pero juicio de la resurrección general), y no en una alegoría, ya que S. Irineo, fundándose en los testimonios de los presbíteros discípulos de S. Juan, señala como primera resurrección la de los justos ( cf. Luc. 14, 14 Y 20, 35). La nueva versión de Nácar-Colunga ve en esta primera resurrecci6n un privilegio de los santos mártires "a quienes corresponde la palma de la victoria. Como quienes sobre todo sostuvieron el peso de la lucha con su Capitán, recibirán un premio que no corresponde a los demás muertos, y éste es juzgar, que en el sentido bíblico vale tanto como regir y gobernar al mundo, junto con su Capitán, a quien por haberse humillado basta la muerte le fué dado reinar sobre todo el universo (Filip. 2,8s.)". Véase Filip. 3, 10·11: 1 Cor. 15, 23 y 52 y notas; Luc. 14, 14: 20, 35: Hech. 4, 2.

6. iBienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección! Sobre éstos no tiene poder la segunda muerte, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, con el cual reinarán los mil años.
6. “Con el cual reinaron los mil años”: Fillion dice a este respecto: "Después de haber leído páginas muy numerosas sobre estas líneas, no creemos que sea posible dar acerca de ellas una explicación enteramente satisfactoria". Sobre este punto se ha debatido mucho en siglos pasados la llamada cuestión del milenarismo o interpretación que, tomando literalmente el milenio como reinado de Cristo, coloca esos mil años de los vv. 2-7 entre dos resurrecciones, distinguiendo como primera la de los vv. 4-6, atribuida sólo a los justos, y como segunda y general la mencionada en los vv. 12-13 para el juicio final del V. 11. La historia de esta interpretación ha sido sintetizada en breves líneas en una respuesta dada por la Revista Eclesiástica de Buenos Aires (mayo de 1941) diciendo que "la tradición, que en los primeros siglos se inclinó en favor del milenarismo, desde el siglo V se ha pronunciado por la negación de esta doctrina en forma casi unánime". La Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio cortó la discusión declarando, por decreto del 21 de julio de 1944, que la doctrina "que enseña que antes del juicio final, con resurrección anterior de muchos muertos o sin ella, nuestro Señor Jesucristo vendrá visiblemente a esta tierra a reinar, no se puede enseñar con seguridad (tuto doceri non posse)". Para información del lector, transcribimos el comentario que trae la gran edición de la Biblia aparecida recientemente en Paris bajo la dirección de Pirot-Clamer sobre este pasaje: "La interpretación literal: varios autores Cristianos de los primeros siglos pensaron que Cristo reinaría mil años en Jerusalén (v. 9) antes del juicio final. El autor de la Epístola de Bernabé (15, 4-9) es un milenarista ferviente; para él, el milenio se inserta en una teoría completa de la duración del mundo, paralela a la duración de la semana genesíaca: 6.000 + 1.000 años. S. Papías es un milenarista ingenuo. S. Justino, más avisado empero, piensa queel milenarismo forma parte de la ortodoxia (Diálogo con Trifón 80, 81). S. Ireneo lo mismo (Contra las herejías V, 28i 3), al cual sigue Tertuliano (Contra Marción 11, 24). En Roma, S. Hipólito se hace su campeón contra el sacerdote Caius, quien precisamente negaba la autenticidad joanea del Apocalipsis para abatir más fácilmente el milenarismo". Relata aquí Pirot la polémica contra unos milenaristas cismáticos en que el obispo Dionisio de Alejandría "forzó al jefe de la secta a confesarse vencido", y sigue: "Se cuenta también entre los partidarios más o menos netos del milenarismo a Apolinario de Laodicea, Lactancio, S. Victorino de Pettau, Sulpicio Severo, S. Ambrosio. l'or su parte, S. Jerónimo, ordinariamente tan vivaz, muestra con esos hombres cierta indulgencia (Sobre Isaías, libro 18). S. Agustín, que dará la interpretación destinada a hacerse clásica, había antes profesado durante cierto tiempo la opinión que luego combatirá. Desde entonces el milenarismo cayó en el olvido, no sin dejar curiosas supervivencias, como las oraciones para obtener la gracia de la primera resurrección, consignadas en antiguos libros litúrgicos de Occidente (Dom Leclercq)". Más adelante cita Pirot el decreto de la SS. Congregación del S. Oficio, que transcribimos al principio, y continúa: "Algunos criticas católicos contemporáneos, por ejemplo Calmes, admiten también la interpretación literal del pasaje que estudiamos. El milenio sería inaugurado por una resurrección de los mártires solamente, en detrimento de los otros muertos. La interpretación espiritual: Esta exégesis -sigue diciendo Pirot- comúnmente admitida por los autores católicos, es la que S. Agustín ha dado ampliamente. Agustín hace comenzar este período en la Encamación porque profesa la teoría de la recapitulación, mientras que, en la perspectiva de Juan, los mil años se insertan en un determinado lugar en la serie de los acontecimientos. Es la Iglesia militante, continúa Agustín, la que reina con Cristo hasta la consumación de los siglos; la primera resurrección debe entenderse espiritualmente del nacimiento a la vida de la gracia (Col. 111, 1·2; Fil. 111, 20; cf. Juan V, 25); los tronos del v. 4 son los de la jerarquía católica y es esa jerarquía misma, que tiene el poder de atar y desatar. Estaríamos tentados -concluye Pirot- de poner menos precisión en esa identificación. Sin duda tenemos allí una imagen destinada a hacer comprender la grandeza del cristiano: se sienta porque reina (Mat. XIX. 28; Luc. XXII, 30; ICor. VI, 3; Ef. 1, 20; 11, 6; Apoc. 1, 6; V, 9)." La segunda muerte: El Apóstol explica este término en el v. 14.

viernes, 28 de julio de 2017

La obediencia activa de Cristo

The Active Obedience of Christ
J Gresham Machen


LAST Sunday afternoon, in outlining the Biblical teaching about the work of Christ in satisfying for us the claims of God’s law, I said nothing about one very important part of that work. I pointed out that Christ by His death in our stead on the cross paid the just penalty of our sin, but I said nothing of another thing that He did for us. I said nothing about what Christ did for us by His active obedience to God’s law. It is very important that we should fill out that part of the outline before we go one step further.

Suppose Christ had done for us merely what we said last Sunday afternoon that He did. Suppose He had merely paid the just penalty of the law that was resting upon us for our sin, and had done nothing more than that; where would we then be? Well, I think we can say — if indeed it is legitimate to separate one part of the work of Christ even in thought from the rest — that if Christ had merely paid the penalty of sin for us and had done nothing more we should be at best back in the situation in which Adam found himself when God placed him under the covenant of works.

That covenant of works was a probation. If Adam kept the law of God for a certain period, he was to have eternal life. If he disobeyed he was to have death. Well, he disobeyed, and the penalty of death was inflicted upon him and his posterity. Then Christ by His death on the cross paid that penalty for those whom God had chosen.

Well and good. But if that were all that Christ did for us, do you not see that we should be back in just the situation in which Adam was before he sinned? The penalty of his sinning would have been removed from us because it had all been paid by Christ. But for the future the attainment of eternal life would have been dependent upon our perfect obedience to the law of God. We should simply have been back in the probation again.

Moreover, we should have been back in that probation in a very much less hopeful way than that in which Adam was originally placed in it. Everything was in Adam’s favour when he was placed in the probation. He had been created in knowledge, righteousness and holiness. He had been created positively good. Yet despite all that, he fell. How much more likely would we be to fall — nay, how certain to fall — if all that Christ had done for us were merely to remove from us the guilt of past sin, leaving it then to our own efforts to win the reward which God has pronounced upon perfect obedience!

But I really must decline to speculate any further about what might have been if Christ had done something less for us than that which He has actually done. As a matter of fact, He has not merely paid the penalty of Adam’s first sin, and the penalty of the sins which we individually have committed, but also He has positively merited for us eternal life. He was, in other words, our representative both in penalty paying and in probation keeping. He paid the penalty of sin for us, and He stood the probation for us.

That is the reason why those who have been saved by the Lord Jesus Christ are in a far more blessed condition than was Adam before he fell. Adam before he fell was righteous in the sight of God, but he was still under the possibility of becoming unrighteous. Those who have been saved by the Lord Jesus Christ not only are righteous in the sight of God but they are beyond the possibility of becoming unrighteous. In their case, the probation is over. It is not over because they have stood it successfully. It is not over because they have themselves earned the reward of assured blessedness which God promised on condition of perfect obedience. But it is over because Christ has stood it for them; it is over because Christ has merited for them the reward by His perfect obedience to God’s law.

I think I can make the matter plain if I imagine a dialogue between the law of God and a sinful man saved by grace.

‘Man,’ says the law of God, ‘have you obeyed my commands?’

‘No,’ says the sinner saved by grace. ‘I have disobeyed them, not only in the person of my representative Adam in his first sin, but also in that I myself have sinned in thought, word and deed.’

‘Well, then, sinner,’ says the law of God, ‘have you paid the penalty which I pronounced upon disobedience?’

‘No,’ says the sinner, ‘I have not paid the penalty myself; but Christ has paid it for me. He was my representative when He died there on the cross. Hence, so far as the penalty is concerned, I am clear.’

‘Well, then, sinner,’ says the law of God, ‘how about the conditions which God has pronounced for the attainment of assured blessedness? Have you stood the test? Have you merited eternal life by perfect obedience during the period of probation?’

‘No,’ says the sinner, ‘I have not merited eternal life by my own perfect obedience. God knows and my own conscience knows that even after I became a Christian I have sinned in thought, word and deed. But although I have not merited eternal life by any obedience of my own, Christ has merited it for me by His perfect obedience. He was not for Himself subject to the law. No obedience was required of Him for Himself, since He was Lord of all. That obedience, then, which He rendered to the law when He was on earth was rendered by Him as my representative. I have no righteousness of my own, but clad in Christ’s perfect righteousness, imputed to me and received by faith alone, I can glory in the fact that so far as I am concerned the probation has been kept and as God is true there awaits me the glorious reward which Christ thus earned for me.’

Such, put in bald, simple form, is the dialogue between every Christian and the law of God. How gloriously complete is the salvation wrought for us by Christ! Christ paid the penalty, and He merited the reward. Those are the two great things that He has done for us.

Theologians are accustomed to distinguish those two parts of the saving work of Christ by calling one of them His passive obedience and the other of them His active obedience. By His passive obedience — that is, by suffering in our stead — He paid the penalty for us; by His active obedience — that is, by doing what the law of God required — He has merited for us the reward.

I like that terminology well enough. I think it does set forth as well as can be done in human language the two aspects of Christ’s work. And yet a danger lurks in it if it leads us to think that one of the two parts of Christ’s work can be separated from the other.

How shall we distinguish Christ’s active obedience from His passive obedience? Shall we say that He accomplished His active obedience by His life and accomplished His passive obedience by His death? No, that will not do at all. During every moment of His life upon earth Christ was engaged in His passive obedience. It was all for Him humiliation, was it not? It was all suffering. It was all part of His payment of the penalty of sin. On the other hand, we cannot say that His death was passive obedience and not active obedience. On the contrary, His death was the crown of His active obedience. It was the crown of that obedience to the law of God by which He merited eternal life for those whom He came to save.

Do you not see, then, what the true state of the case is? Christ’s active obedience and His passive obedience are not two divisions of His work, some of the events of His earthly life being His active obedience and other events of His life being His passive obedience; but every event of His life was both active obedience and passive obedience. Every event of His life was a part of His payment of the penalty of sin, and every event of His life was a part of that glorious keeping of the law of God by which He earned for His people the reward of eternal life. The two aspects of His work, in other words, are inextricably intertwined. Neither was performed apart from the other. Together they constitute the wonderful, full salvation which was wrought for us by Christ our Redeemer.

We can put it briefly by saying that Christ took our place with respect to the law of God. He paid for us the law’s penalty, and He obeyed for us the law’s commands. He saved us from hell, and He earned for us our entrance into heaven. All that we have, then, we owe unto Him. There is no blessing that we have in this world or the next for which we should not give Christ thanks.

As I say that, I am fully conscious of the inadequacy of my words. I have tried to summarise the teaching of the Bible about the saving work of Christ; yet how cold and dry seems any mere human summary — even if it were far better than mine — in comparison with the marvellous richness and warmth of the Bible itself. It is to the Bible itself that I am going to ask you to turn with me next Sunday afternoon. Having tried to summarise the Bible’s teaching in order that we may take each part of the Bible in proper relation to other parts, I am going to ask you next Sunday to turn with me to the great texts themselves, in order that we may test our summary, and every human summary, by what God Himself has told us in His Word. Ah, when we do that, what refreshment it is to our souls! How infinitely superior is God’s Word to all human attempts to summarise its teaching! Those attempts are necessary; we could not do without them; everyone who is really true to the Bible will engage in them. But it is the very words of the Bible that touch the heart, and everything that we — or for the matter of that even the great theologians — say in summary of the Bible must be compared ever anew with the Bible itself.

This afternoon, however, just in order that next Sunday we may begin our searching of the Scriptures in the most intelligent possible way, I am going to ask you to glance with me at one or two of the different views that men have held regarding the cross of Christ.

I have already summarised for you the orthodox view. According to that view, Christ took our place on the cross, paying the penalty of that we deserved to pay. That view can be put in very simple language. We deserved eternal death because of sin; Jesus, because He loved us, took our place and died in our stead on the cross. Call that view repulsive if you will. It is indeed repulsive to the natural man. But do not call it difficult to understand. A little child can understand it, and can receive it to the salvation of his soul.

Rejecting that substitutionary view, many men have advanced other views. Many are the theories of the atonement. Yet I do think that their bewildering variety may be reduced to something like order if we observe that they fall into a very few general divisions.

Most common among them is the theory that Christ’s death upon the cross had merely a moral effect upon man. Man is by nature a child of God, say the advocates of that view. But unfortunately he is not making full use of his high privilege. He has fallen into terrible degradation, and having fallen into terrible degradation he has become estranged from God. He no longer lives in that intimate relationship of sonship with God in which he ought to live.

How shall this estrangement between man and God be removed; how shall man be brought back into fellowship with God? Why, say the advocates of the view of which we are now speaking, simply by inducing man to turn from his evil ways and make full use of his high privilege as a child of God. There is certainly no barrier on God’s side; the only barrier lies in man’s foolish and wicked heart. Once overcome that barrier and all will be well. Once touch man’s stony heart so that he will come to see again that God is his Father, once lead him also to overcome any fear of God as though God were not always more ready to forgive than man is to be forgiven; and at once the true relationship between God and man can be restored and man can go forward joyously to the use, in holy living, of his high privilege as a child of the loving heavenly Father.

But how can man’s heart be touched, that he may be led to return to his Father’s house and live as befits a son of God? By the contemplation of the cross of Christ, say the advocates of the view that we are now presenting. Jesus Christ was truly a son of God. Indeed, He was a son of God in such a unique way that He may be called in some sort the Son of God. When therefore God gave Him to die upon the cross and when He willingly gave Himself to die, that was a wonderful manifestation of God’s love for sinning, erring humanity. In the presence of that love all opposition in man’s heart should be broken down. He should recognise at last the fact that God is indeed his Father, and recognising that, he should make use of his high privilege of living the life that befits a child of God.

Such is the so-called ‘moral-influence theory’ of the atonement. It is held in a thousand different forms, and it is held by thousands of people who have not the slightest notion that they are holding it.

Some of those who have held it have tried to maintain with it something like a real belief in the deity of Christ. If Christ was really the eternal Son of God, then the gift of Him on the cross becomes all the greater evidence of the love of God. But the overwhelming majority of those who hold the moral-influence view of the atonement have given up all real belief in the deity of Christ. These persons hold simply that Jesus on the cross gave us a supreme example of self-sacrifice. By that example we are inspired to do likewise. We are inspired to sacrifice our lives, either in actual martyrdom in some holy cause or in sacrificial service. Sacrificing thus our lives, we discover that we have thereby attained a higher life than ever before. Thus the cross of Christ has been the pathway that leads us to moral heights.

Read most of the popular books on religion of the present day, and then tell me whether you do not think that that is at bottom what they mean. Some of them speak about the cross of Christ. Some of them say that Christ’s sufferings were redemptive. But the trouble is they hold that the cross of Christ is not merely Christ’s cross but our cross; and that while Christ’s sufferings were redemptive our sufferings are redemptive too. All they really mean is that Christ on Calvary pointed out a way that we follow. He hallowed the pathway of self-sacrifice. We follow in that path and thus we obtain a higher life for our souls.

That is the great central and all-pervading vice of most modern books that deal with the cross. They make the cross of Christ merely an example of a general principle of self-sacrifice. And if they talk still of salvation, they tell us that we are saved by walking in the way of the cross. It is thus, according to this view, not Christ’s cross but our cross that saves us. The way of the cross leads us to God. Christ may have a great influence in leading us to walk in that way of the cross, that way of self-sacrifice; but it is our walking in it and not Christ’s walking in it which really saves us. Thus we are saved by our own efforts, not by Christ’s blood after all. It is the same old notion that sinful man can save himself. It is that notion just decked out in new garments and making use of Christian terminology.

Such is the moral-influence theory of the atonement. In addition to it, we find what is sometimes called the governmental theory. What a strange, compromising, tortuous thing that governmental theory is, to be sure!

According to the governmental view, the death of Christ was not necessary in order that any eternal justice of God, rooted in the divine nature, might be satisfied. So far the governmental view goes with the advocates of the moral-influence theory. But, it holds, the death of Christ was necessary in order that good discipline might be maintained in the world. If sinners were allowed to get the notion that sin could go altogether unpunished, there would be no adequate deterrent from sin. Being thus undeterred from sin, men would go on sinning and the world would be thrown into confusion. But if the world were thus thrown into moral confusion that would not be for the best interests of the greatest number. Therefore God held up the death of Christ on the cross as an indication of how serious a thing sin is, so that men may be deterred from sinning and so order in the world may be preserved.

Having thus indicated — so the governmental theory runs — how serious a thing sin is, God proceeded to offer salvation to men on easier terms than those on which He had originally offered it. He had originally offered it on the basis of perfect obedience. Now He offered it on the basis of faith. He could safely offer it on those easier terms, and He could safely remit the penalty originally pronounced upon sin, because in the awful spectacle of the cross of Christ He had sufficiently indicated to men that sin is a serious offence and that if it is committed something or other has to be done about the matter in order that the good order of the universe may be conserved.

Such is the governmental theory. But do you not see that really at bottom it is just a form of the moral-influence theory? Like the moral-influence theory, it holds that the only obstacle to fellowship between man and God is found in man’s will. Like the moral-influence theory it denies that there is any eternal justice of God, rooted in His being, and it denies that the eternal justice of God demands the punishment of sin. Like the moral-influence theory it plays fast and loose with God’s holiness, and like the moral-influence theory, we may add, it loses sight of the real depths of God’s love. No man who holds the light view of sin that is involved in these man-made theories has the slightest notion of what it cost when the eternal Son of God took our place upon the accursed tree.

People sometimes say, indeed, that it makes little difference what theory of the atonement we may hold. Ah, my friends, it makes all the difference in the world. When you contemplate the cross of Christ, do you say merely, with modern theorists, ‘What a noble example of self-sacrifice; I am going to attain favour with God by sacrificing myself as well as He.’ Or do you say with the Bible, ‘He loved me and gave Himself for me; He took my place; He bore my curse; He bought me with His own most precious blood.’ That is the most momentous question that can come to any human soul. I want you all to turn with me next Sunday afternoon to the Word of God in order that we may answer that question aright.

sábado, 22 de julio de 2017

No somos como ellos

No somos como ellos.
Por Natalia Sanmartín Fenollera



En Yorkshire, en el norte de Inglaterra, el viento barre los páramos cubiertos de brezo. La brisa es helada. El azote del viento hace que caminar sea un esfuerzo; las ovejas bajan la cabeza.

Y sólo es octubre. Las gentes de otros tiempos cruzaban estos páramos diariamente caminando kilómetros bajo el viento helado y la nieve. Los cruzaban con lluvia y hielo; lo hacían en enero y en diciembre. Caminaban ante la mirada de sus ovejas, que pacen ahora como hace siglos, ajenas a la endiablada dureza de esta tierra.

No sólo es dura la tierra, también lo fueron los hombres que se asentaron en ella. Y entonces, ante el paisaje agreste, surge una reflexión casi inevitable: nosotros, los hombres modernos, no somos como ellos.

No somos ya como los hombres y las mujeres de antaño. No tenemos sus cuerpos, domados y endurecidos por la enfermedad, la vida austera, el dolor, y el trabajo físico; no tenemos su capacidad de resignación ante los reveses y las desgracias, tampoco tenemos su resistencia. No tenemos siquiera sus corazones, su disposición, hecha de perseverancia y esfuerzo, para sufrir, para padecer y compadecer, para amar, para doblegar los sentimientos, para curar las heridas propias y ajenas, para caer y levantarse.

Todos los que queremos volver a una vida sencilla, evangélica, guiada por el ideal benedictino; todos los que soñamos con ese ideal, pese a no estar de ningún modo a su altura; tenemos que hacer un ejercicio de crudo realismo que comienza por reconocer que nosotros no somos ni podemos ser ya como ellos. El mundo nos ha contaminado y separado de la realidad lo suficiente como para asumir que nuestra primera tarea no es heroica, no es reconstruir nada, ni siquiera es recuperar nada. Nuestra primera tarea es renunciar, quitar, abandonar, cerrar.

Las inteligencias modernas no se parecen tampoco a las de los antiguos. Aquellos hombres dedicaban años a estudiar en profundidad lo que tenían a su alcance y eso era su universo. Los hombres que amaban el estudio pasaban su vida leyendo y releyendo libros, libros heredados, libros polvorientos, libros llenos de sabiduría, libros también a veces con errores, libros perdidos, libros desactualizados, libros mal traducidos, libros deteriorados, libros escogidos.

Nosotros llevamos un teléfono en la mano que contiene toda una Biblioteca de Alejandría. Un hallazgo por el que cualquier sabio antiguo habría dado la vida. Pero también un anillo brillante que ha destruido nuestra capacidad, tan hermosa y tan humana, de aguardar, de tener paciencia, de reposar, de concentrarnos, de callar, de amar el silencio.

Muchos de nosotros ansiamos volver a vivir cerca de la tierra, hacemos planes para comprar una aldea abandonada al pie de un océano, peleamos para recuperar la liturgia, soñamos con escuelas en las que se estudie griego y latín. Cada familia, un huerto. Una taberna, oscura y silenciosa, excepto por las risas y las charlas; una taberna donde la amistad masculina florezca como antaño. Un capellán para una iglesia. Un jardín en torno a la Domus Aurea. Una pequeña librería; una editorial evangélica. Un mundo pequeño que estará lleno, como el grande, de pecado, pero en el que también sobreabundará la gracia. Una tierra que contendrá trigo y cizaña. Una pobre y buena tierra en este mundo en ruinas hasta el fin de los tiempos.

Pero ese sueño será una imitación, será una impostura, una cáscara vacía si no logramos entornar al menos las puertas de esa hermosa biblioteca. Con sus volúmenes, su brillo, sus colores, sus debates y sonidos, sus mapas, videos, mensajes e imágenes. Si no logramos aprender a vivir, a esperar, a rezar, a discutir, a perdonar, a sonreír, a leer, a pensar, a hablar de nuevo como siempre hablaron los hombres: cara a cara y sin una pantalla ante los ojos.

En los años setenta, John Senior dijo a sus alumnos del Seminario Pearson que tirasen la televisión por la ventana si querían reconstruir la cultura cristiana. Casi cincuenta años después, la televisión no es la amenaza; no para muchos de nosotros. La amenaza es nuestra amada biblioteca; es ella la que nos cuesta tirar por la ventana. La misma que me permite escribir ahora estas líneas, la que está tan repleta de tesoros y de cosas buenas, y la que ha privado también a nuestras mentes del primer signo de civilización: las paredes y los muros.

Senior solía recordar cómo Homero, al describir a los cíclopes y su salvajismo, nos dice: “Vivían sin murallas”. Para los griegos, las fronteras, las paredes, las murallas, eran signos de civilización.
Parece una contradicción, un contrasentido en el que caemos todos, clamar por lo real, lo sencillo, lo pequeño, lo cercano, y al tiempo tener la mirada puesta en lo que ocurre en cada rincón del mundo a cada minuto. Hemos destruido las murallas en nuestras mentes. Hemos derribado las fronteras. Y al hacerlo, hemos dejado entrar el mundo a raudales en nuestra inteligencia, nuestro corazón y nuestras almas.

¿Es posible cerrar esa puerta? Es muy difícil. Quizá sea imposible. Tal vez pueda plantarse esa semilla en la próxima generación y nuestra labor sea protegerla para que crezca. Pero ser cristiano, incluso serlo en el nivel más bajo de la escala cristiana, ese en el que estamos tantos, es terriblemente difícil también.

Lo difícil no ha sido jamás una razón para que un hombre abandone una tarea. Tampoco debería serlo hoy para nosotros. Aunque ya no seamos tan fuertes como ellos.

jueves, 20 de julio de 2017

Súplica por la Iglesia militante

Súplica por la Iglesia Militante
Ignacio B. Anzoátegui




Es que perdió su rumbo
la nave de la Iglesia? ¿Es que a porfía
se nos ha puesto andar de tumbo en tumbo,
ebria y alzada la marinería?
¿Qué fue de la pasada misión
de iluminar la mar ignota?
¿Quién le dejó, Señor, así trocada
su derrota en derrota?
¿Qué viento amotinado
rasgó sus velas y quebró su quilla
y la azotó sobre el acantilado,
lejos de Ti, mi Dios, y de Tu orilla?
¿Qué Capitán, Señor, adormecido,
por culpa y obra de la democracia,
le quitó su vigor y su sentido,
y la gracia velera de Tu Gracia?
Todavía esperamos que en Tu pía
Solicitud nos salves del naufragio.
El diablo nos acecha día a día.
¡Escúchanos, Señor, nuestro sufragio!
(Y que Santa María,
Nuestra Señora la Corredentora,
si fuera necesario
nos tienda nueva vez en esta hora
el santo salvavidas del Rosario)